martes, 7 de mayo de 2013


"CUENTOS PROFANADOS"
EVA.

Después de un domingo trepidante llega el lunes, pero yo no me puedo levantar, obligo a mi cuerpo, éste no me responde:
—¡Vamos, Eva, levanta, hay que asistir a clases!
Estoy tan cansada que se me hace un mundo, con pocas ganas me arreglo, cojo mi maleta y me dirijo hacia las clases. Por el camino algo llama mi atención, no puede ser, recuerdo que se me ha olvidado el pen, sin él no puedo hacer nada. Hoy era imprescindible. Corriendo doy media vuelta hacia mi casa, por suelte las escaleras mágicas me ayudarán a subir rápido a mi piso, ¡es un sexto!. Cuando llego a la puerta del portal chasqueo los dedos y, enseguida, aparecen las escaleras. Es parecida a la de los bomberos, no aptas para los que padecen vértigo, y como si fueran igual a las mecánicas que están en los centros comerciales, me sube a mi piso. Cuando entro en él, por la ventana, vuelvo a chasquear los dedos y las escaleras desaparecen. Que bueno contar con una escalera mágica que sólo obedece a los chasquidos de los vecinos del bloque, así jamás entrarán ladrones. Cojo mi pen de encima de la mesita. Al volver a la calle, pillo mi bicicleta y como una loca voy dando timbrazos, ring ring, apartaros!!, llevo prisa y mala leche!! Un perro se me cruza y de un valantazo lo esquivo como por arte de magia. Una voltereta y un derrape, pero no me caí de pie..."sin salpicar". Toda la gente que observó semajante hazaña comenzó a aplaudir y vitores y serpentinas inundaron la calle. Me llevaron a hombros, por todo el pueblo, directos al ayuntamiento mientras por el camino aclamaban el nombre de una plaza para mí; o al menos una medalla de hija predilecta. Yo muy agobiada pedía por favor que me bajaran ya que se me habían subido los gemelos y estaba rabiando. Al pedir que me bajaran, la gente me hizo caso, pero me soltaron dejándome caer en el suelo, estaba tan dolorida que no me podía levantar, gritando que me levantaran, pero adie me hacía caso, era como si nadie me escuchara, por más que gritaba la gente desaparecía, yo asustada decidí levantarme. Me costó mucho pero lo conseguí, caminando lentamente por la calle algo dolorida buscando ayuda. Pero caminando, caminando comenzé a sentirme ligerita, ligerita. Y ligerita me fuí a clase. La puerta estaba cerrada. La alarma de mi reloj sonaba. Me desperté a las ocho y cuando me dí cuenta lamenté: ¿por qué? Porque es domingo, hoy no hay clases...

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