martes, 14 de mayo de 2013

TORNADO DE ANA


CONWY


Conwy es un gran grifo, el líder de su banda. Es tan grande como un caballo y sus alas son blancas como la nieve. La parte delantera de su cuerpo, como la de un águila gigante, posee enormes y mortíferas garras, pico curvo y ojos inteligentes y brillantes, como las cosas que le llamaban la atención a Conwy. Él codicia de manera sobrehumana todo lo que brilla, como las cuchillas de los sacapuntas y las puntas metálicas de los bolígrafos. Sobrevuela varias veces al día la ciudad de Punta Umbría buscando desesperadamente esos objetos, de los que tiene su nido lleno, pues es un buen coleccionador de sacapuntas. Odia profundamente a todos los que tiran estos objetos y no los quieres, piensa que son unos gilipollas.
Un sábado, al atardecer, Conwy seguía con la mirada a un camarero orejotas que salía de trabajar de un restaurante. No podía apartar la mirada del brillante bolígrafo metálico que colgaba del bolsillo de su camisa.
“Ummm, como deseo ese Boli”, pensaba el grifo.
Siguió al muchacho con la mirada hasta que este entró en un portal, pero no tardo mucho hasta que lo volvió a ver a través de una de las ventanas del primer piso.
Nada más llegar, este dio un beso a su amante, la cual veía, mientras se comía un bol de fresas con nata, el antiquísimo programa de la bola de cristal.
“¡Ummm, como brilla esa bola”, volvió a pensar.
Sobre el sofá colgaba un cuadro, en el que aparecía una gran torre de hierro, a sus pies, unas letras formaban la palabra “París”.
“En esa ciudad si que tienen que haber cosas brillantes”.
Cuando el camarero se acercó a su pareja, haciéndole rosquillitas cariñosas en el brazo para que le dejase ver el combate de Full Contact que estaba emitiendo, pues más tarde había quedado con su hermano para tomar algo, Conwy aprovechó para acercarse a la ventana y agarrar con sus fuertes garras la camisa del trabajo del chico, la cual había dejado sobre una silla bajo ella.
—¡Ahhhh! —gritó la chica desde el sofá, tirándole el bol de fresas encima.
Conwy salió volando.
“Una tarde provechosa. Con un gran trofeo y rica nata para degustar”, pensaba el grifo, con su nueva adquisición ya junto a su colección y lamiéndose la nata de las plumas.

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